Las flores en la pintura impresionista

Las flores contribuyen a hacer el mundo mucho más bello. La hermosura que muestran y el olor que desprenden suelen ser asociados por los humanos con cosas positivas. Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad se ha parado alguna vez en su vida a contemplar la magia que los muchos tipos de flores que existen en el mundo posee. Poetas, escritores y todo tipo de artistas han dedicado multitud de sus obras al universo colorido de las flores, que igual son capaces de simbolizar el amor y la primavera que el funesto viaje hacia la muerte.

La pintura ha sido otro de los campos del arte que ha posado sus ojos sobre las flores a lo largo de su historia. El movimiento impresionista fue una de las corrientes que más admiración mostró por retratar el bello colorido de los pétalos; la naturaleza llamó la tención de los pintores impresionistas, quienes se dividieron entre las obras urbanas y las obras de un corte más nítidamente bucólico.

Artistas como Eugene Delacroix, Auguste Renoir o Eduard Monet plasmaron en el lienzo múltiples obras que tenían como protagonistas a jarrones de flores, a campos floridos y a personajes rodeados por todo tipo de plantas naturales. Cézanne, Manet, Fantin-Latour, Sisley, Latouche o Morisot fueron otros de los pintores que pusieron todo su amor en reflejar la belleza de las flores allá por el siglo diecinueve.

El genial pintor francés Camille Pissarro fue otro de los genios capaz de llenar los museos cuadros repletos de crisantemos. Para el recuerdo también quedará el precioso cuadro de Pissarro llamado ‘Naturaleza muerta con peonías y choisyas’, que actualmente se encuentra en el Museo Van Gogh. Y qué podemos decir, por citar algún arquetipo de la pasión por la pintura floral de los artistas impresionistas, de ‘Campo de amapolas’, de Claude Monet, cuyas pinceladas nos permiten prácticamente sentir la esencia del campo y las amapolas.